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1/9/09

Libres del miedo

El siguiente artículo se publicó por vez primera para conmemorar la concesión por parte del Parlamento Europeo del Premio por la Libertad de Pensamiento Sájarov de 1990 a Aung San Suu Kyi. La ceremonia conmemorativa, en la que la autora no estuvo presente, tuvo lugar en Estrasburgo el 10 de julio de 1991. Durante esa misma semana, el artículo apareció total o parcialmente en The Times Literary Supplement, en The New York Times, en la Far East Economic Review, en el Bangkok Post, en The Times of India y en la prensa de Alemania, Noruega e Islandia.



No es el poder lo que corrompe, sino el miedo. El miedo a perder el poder corrompe a los que lo detentan y el miedo al látigo del poder corrompe a los que están sujetos al mismo. La mayoría de los birmanos conoce los cuatro a-gati o tipos de corrupción.

Chanda-gati, corrupción inducida por el deseo, es la desviación del camino recto en busca de recompensas o en beneficio de las personas a las que uno ama. Dosa-gati, consiste en tomar el camino equivocado para vengarse de aquellos a los que se odia y moga-gati es una aberración debida a la ignorancia. Pero quizás el peor de los cuatro sea bhaya-gati, porque la corrupción bhaya no sólo teme, sofoca y destruye lentamente todo sentido de justicia y de injusticia, sino que con frecuencia es la raíz de los otros tres tipos de corrupción.

Del mismo modo que la chanda-gati, cuando no es consecuencia de la pura avaricia, puede ser resultado del miedo a la necesidad o del miedo a perder la buena voluntad de aquellos a los que uno ama, así el miedo a ser eclipsado, humillado o herido de algún modo puede ser el motor de la mala voluntad. Y es difícil disipar la ignorancia si no hay libertad para perseguir la verdad sin ninguna clase de temor. Con una relación tan íntima entre miedo y corrupción, no es de extrañar que, en una sociedad en la que abunda el miedo, la corrupción en todas sus formas arraigue profundamente.

La insatisfacción pública a propósito de las dificultades económicas se ha considerado la causa principal del movimiento por la democracia en Birmania, que comenzó con las manifestaciones estudiantiles de 1988. Es cierto que años de incoherencia política, de medidas oficiales inadecuadas, inflación galopante y disminución de la renta real han traído el caos económico al país. Pero fue algo más que las dificultades para conseguir el nivel de vida a penas aceptable lo que terminó con la paciencia de un pueblo tradicionalmente bondadoso y tranquilo: fue también la humillación de un estilo de vida deformado por la corrupción y el miedo. Los estudiantes protestaban no sólo contra la muerte de sus compañeros, sino también contra la negación de su derecho a la vida por parte de un régimen totalitario que niega al presente su significado y no deja esperanza para el futuro. Y como las protestas de los estudiantes expresaban las frustraciones del pueblo en general, las manifestaciones se convirtieron rápidamente en un movimiento nacional. Algunos de sus defensores más acérrimos eran hombres de negocios que habían desarrollado la capacidad y los contactos necesarios para prosperar en el sistema. Pero su bienestar económico no les ofrecía un auténtico sentido de seguridad o de satisfacción vital y no podían menos de considerar que si ellos y sus compatriotas, independientemente de la situación económica, querían conseguir una existencia que mereciera la pena, una administración responsable era al menos una condición necesaria, si no suficiente. El pueblo de Birmania estaba cansado de la precaria situación de espera pasiva en la que se sentía «como agua en el hueco de las manos» de las autoridades constituidas.


Acaso somos esmeraldas frías
Como agua en el hueco de las manos
Bien quisiéramos ser
Esquirlas de cristal
En esas manos


Esquirlas de cristal, pequeñísimas, con la fuerza de su agudo destello para defenderse contra las manos que tratan de aplastarlas, sería un símbolo imaginativo de la chispa de valor que es atributo esencial de quienes quieren liberarse de las garras de la opresión. Bogyoke Aung San se consideraba revolucionario y buscaba incansables respuestas a los problemas que asediaron Birmania durante los malos tiempos. Aung San exhortaba al pueblo a cultivar el valor: «No dependáis únicamente del valor y de la intrepidez de los demás. Cada uno de vosotros debe sacrificarse para convertirse en un héroe lleno de valor e intrepidez. Sólo entonces podremos todos gozar de una verdadera libertad»


El esfuerzo necesario para conservarse incorruptos en un ambiente en el que el miedo es parte integral de la existencia cotidiana no les resulta evidente a quienes tienen la suerte de vivir en un Estado de derecho. Las leyes no sólo evitan la corrupción, castigando de forma imparcial a los que las quebrantan, sino que también ayudan a crear una sociedad en la que las personas puedan satisfacer las condiciones básicas necesarias para conservar su dignidad sin tener que recurrir a prácticas corruptas. Cuando no existen las leyes, la carga de mantener principios de justicia y decoro recae en el hombre de la calle. Solamente el efecto acumulado del esfuerzo sostenido y de la resistencia de aquél podrá convertir una nación en la que la razón y la conciencia están pervertidas por el miedo, en una nación en la que existan normas legales idóneas para impulsar el deseo humano de armonía y justicia, reprimiendo al mismo tiempo los rasgos destructivos que también están presentes en el hombre.

En una era en la que los inmensos avances tecnológicos han creado armas mortíferas que podrían ser, y de hecho son, utilizadas por los poderosos y por quienes carecen de principios con el objeto de dominar a los débiles e indefensos, se impone la necesidad de una relación más estrecha entre la política y la ética, tanto a nivel nacional como internacional. La Declaración Universal de los Derechos del Hombre de las Naciones Unidas problama que todo individuo y todo órgano de la sociedad deberían luchar por defender los derechos y libertades básicos que corresponden a todos los seres humanos, independientemente de su raza, nacionalidad o religión. Pero en tanto haya gobiernos cuya autoridad se basa en la coerción más que en el mandato del pueblo y grupos de interés que sitúan los beneficios inmediatos por encima de la paz y la prosperidad a largo plazo, la acción internacional concertada para proteger y defender los derechos humanos seguirá siendo, en el mejor de los casos, una lucha ganada sólo en parte. Siempre habrá palestras en las que las víctimas de la opresión tengan que agotar sus recursos interiores para defender sus derechos inalienables como miembros de la familia humana.

La auténtica revolución es la del espíritu, nacida del convencimiento de que es necesario cambiar las actitudes mentales y los valores que dan forma al progreso del desarrollo de una nación. Una revolución cuyo único objetivo fuera el cambio de las políticas e instituciones oficiales para mejorar las condiciones materiales tendría pocas probabilidades de verdadero éxito. Sin una revolución del espíritu, las fuerzas que han producido las injusticias del antiguo régimen continuarán en acción, planeando una constante amenaza al proceso de reforma y regeneración. No basta simplemente con pedir libertad, democracia y derechos humanos. Se precisa la decisión unánime de perseverar en la lucha, de sacrificarse en nombre de las virtudes permanentes, de resistir las influencias corruptoras del deseo, la mala fe, la ignorancia y el miedo.

Se ha dicho que los santos son pecadores que perseveran en la lucha. También los hombres libres son oprimidos que perseveran en la lucha y que durante la misma adquieren la capacidad de ejercitar las responsabilidades y defender las disciplinas que son la base de una sociedad libre. Entre las libertades básicas a las que aspiran los hombres está la de una vida plena y sin trabas; verse libres de las cadenas del miedo es no solamente un medio, sino un fin. Un pueblo que quiera construir una nación en la que las instituciones fuertes y democráticas estén firmemente establecidas como garantía contra el poder del Estado debe aprender en primer lugar a liberarse de la apatía y del miedo.

Aung San, que siempre puso en práctica su doctrina, demostró constantemente valor, no sólo en el sentido físico, sino también otra clase de valor que le daba fuerza para decir la verdad, para mantener su palabra, para aceptar las críticas, para admitir sus fallos, para corregir sus errores, para respetar la oposición, para discutir con el enemigo y para permitir que el pueblo juzgara su valía como jefe. En Birmania siempre se le amará y respetará por este valor moral, no solamente como héroe guerrero, sino como inspiración y conciencia de la nación. Las palabras que utilizó Jawaharlal Nehru para describir a Mahatma Gandhi se podrían aplicar igualmente a Aung San: «La esencia de su doctrina fue la valentía y la verdad, la acción aliada a esas dos virtudes y la constante preocupación por el bienestar del pueblo».

Gandhi, el gran apóstol de la no violencia, y Aung San, fundador de un Ejército nacional, eran personalidades muy diferentes, pero así como hay una inevitable similitud en lo que se refiere al desafío del gobierno autoritario en cualquier lugar y en todo tiempo, hay también un parecido en las cualidades intrínsecas de aquellos que se alzan contra ese desafío. Nehru, que consideraba que uno de los mayores logros de Gandhi fue inculcar el valor al pueblo indio, era un político moderno, pero cuando emprendió la tarea de valorar las necesidades de un movimiento de nuestro siglo en pro de la independencia consideró que había que volver la mirada a la filosofía de la antigua India: «El mayor don de un individuo o de una nación... era el abhaya, es decir, la valentía, no simplemente como valor físico sino como ausencia de miedo en el espíritu».

El valor puede ser un don, pero quizá aún más precioso es el valor que se adquiere en la lucha, el valor que procede del cultivo del hábito de negarse a actuar movidos por el miedo, el valor que se puede describir como «la gracia que pervive aún en condiciones de tensión», la gracia que se renueva repetidamente en presencia de la presión dura y continuada.

En un sistema que niega la existencia de los derechos humanos básicos, el miedo tiende a ser el orden del día. El miedo a la prisión, a la tortura, a la muerte, a la pérdida de los amigos, de la familia, de la propiedad o de los medios de subsistencia, el miedo a la pobreza, al aislamiento, al fracaso. Una de las más nocivas formas de miedo es la que se disfraza de sentido común o de prudencia, la que condena como estúpidos, irreflexivos, faltos de significado o fútiles los pequeños actos de valor de la vida cotidiana que ayudan a mantener el sentimiento de dignidad en el hombre y de respeto de uno mismo. No es fácil para un pueblo gobernado por el temor, bajo el férreo principio de que la fuerza es el derecho, liberarse del virus debilitador del miedo. Y sin embargo, incluso ante la más aplastante maquinaria estatal, el valor se levanta en armas una y otra vez, porque el miedo no es el estado natural del hombre civilizado.

La fuente de la que manan el valor y la resistencia frente al poder sin límites es generalmente una creencia firme en la santidad de los principios éticos combinada con el sentido histórico de que, a pesar de todos los contratiempos, la condición humana se dirige, en definitiva, hacia el progreso, tanto espiritual como material. Esta capacidad de progreso y autoliberación es lo que más distingue al hombre de los animales. La raíz de la responsabilidad humana está en el concepto de perfección, en el deseo de alcanzar dicha perfección, en la inteligencia de encontrar un camino hacia ella y en la voluntad de seguir ese camino, si no hasta el final, al menos la distancia necesaria para alzarse por encima de las limitaciones individuales y de las dificultades ambientales. Es la visión del hombre de un mundo idóneo para una humanidad racional y civilizada lo que lo lleva a atreverse y arriesgarse para construir sociedades libres de la necesidad y el miedo. Conceptos tales como verdad, justicia y compasión no se pueden rechazar como lugares comunes si pensamos que, con frecuencia, son los únicos bastiones que nos quedan contra el poder implacable.


  • Más información sobre Aung San Suu Kyi en la Wikipedia

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